Y la música siguió y siguió, toda la noche hasta que amaneció




Qué inmundas son las tardes que no son frías. No sé por qué el clima se empeña en opacar la felicidad de nosotros los fríos. Quizá sea porque Dios disfruta dar calor humano.

Vaya término simplificado el de las voces que escucho bajo las gotas de lluvia. Son como voces de muertos cayendo en forma de gotas invisibles, cayendo solo por caer. Caer por mero gusto de sentarse en el hombro de alguien, hablar, esperar que los escuchen. Las gotas dicen “Dile a mis hijos que estoy bien” pero nos limitamos a colgar el seco, secarnos el pelo y sentarnos en la sequedad de nuestros hogares. 

Mi perra sentada esperándome, posando su pelaje húmedo para luego lanzarse hacia mí para mancharme. Mi celular mojado cuando paro la música, mi pelo escurriendo y mi ropa más que empapada. La gente corriendo, las presas agradeciendo. Lluvia.

Qué inmundas son las horas en las que no llueve. No sé por qué las nubes se empeñan en no empañar. Quizá sea porque Dios hoy no está triste.

Bailan mis letras entre ti



No me vuelvas a mirar.
Somos una mujer y un hombre, nos gustamos, nos atraemos y nos deseamos. Noche tras noche, deseamos estar en la misma cama, en diferentes posiciones esperando ver el sol naciente de la lucha inquebrantable de las mil y un cunas. No me toques, puedo quemarte. Soy tan ardiente e intenso que en cualquier momento puedo incendiarte.
No menciones ni nombre si no es para decirme que me amas, no murmures si no es para una propuesta indecorosa mientras estemos en casa de mis padres, no muerdas mi boca si no es por un juego coqueto, no me lastimes a menos que estés vestida solo con lencería y estemos solos en casa esperando que los vecinos no escuchen.
No me controles, soy ansioso por la libertad, pero no soy nada si no te soy sumiso.
No me pidas poemas, porque nos hare, te escribiré versos, prosas. Todo eso en tu piel suave, áspera con las gotas de sudor, blanca y certera.
No llores, me matas. Parece que atas mi atención con cada palabra, no me tiendas la cama si en la noche mojarás las sábanas.
Qué ridículo es que pienses que todo es tuyo inclusive yo, todo eso tuyo puede ser, pero esta noche es para los dos.

Más allá de la vía láctea



Ojalá que un día te vea entre 14 libros y 28 estantes, ojalá que un día mis letras lleguen a tu mente tan distante, poco elocuente y con nada de ganas de verme.
Ojalá no pasen los años, ojalá no me queme el viento, ojalá leas las mil y un cartas que aún no te escribo, porque perdí tu dirección, la dejé arriba del abismo de lo que pretendía fuera un olvido del retiro de tu batalla al ver que las cosas negras se tornaban.
Por la noche, mi televisión no prende, por la tarde el radio no recibe, la antena no emite y los controles no manejan, sino que estorban las noches retrógradas donde aún te recuerdo, pero llevo meses sin tu recuerdo verlo.
Íconos, carpetas con nuestras fotos, la hora y el fondo de pantalla siendo tus ojos, eso era todo lo que veía mientras te dabas la molestia de contestarme en las noches olvidadas con las puertas cerradas a darte un beso, qué fácil sería rimarlo con eso, pero nunca pasó, de tu poder siempre fui preso.
No eres mucho, eres tanto entre lo poco que hoy te extraño. No te escribo, no me sirves. Eres mucho entre mis cosas tiradas, mi ropa sucia y mis calcetines rotos. El broche de tu pelo que hoy encontré, mismo que ya debe ir camino al basurero.
Días, tardes, noches. Mediodías, amaneceres, crepúsculos y aquél dicho que dice que el momento más obscuro del día es justo antes del amanecer, mi amanecer tiene nombre, apellido, disfruta del sur y va iniciando la carrera. Mi momento más obscuro hoy es una vivencia, una experiencia y la piedra en mi zapato causante de una llaga que se estaba  gangrenando, pero entre llamadas en line, mensajes en whatsapp, menciones, retweets y faveos ya de no eso no me acuerdo.